Dime quien es tu enemigo, y te diré quién eres, afirma el jurista alemán Carl Schmitt; es una frase sutil, pero cargada de ambigüedad aparentemente. Sin embargo, es una afirmación esencial en el campo de la identidad. En general a muchos le cuesta la idea de pensar lo político o lo social como una experiencia de amigos y enemigos y se alojan en una forma más moralizante, a saber: adversario. Pero no es lo mismo. Un adversario puede tener proyectos de patria diferente y no ser un enemigo. Ahora cuando los proyectos de patria son de anti-patria, estamos frente a “enemigos”. Si lo que está en juego es la defensa del interés nacional, la soberanía y la igualdad como forma legítima de comunidad, y las formas de alcanzarlas pueden ser alternativas, no hablamos de enemigos. Pero si se atenta contra estos principios, claramente quien los sostiene es un enemigo, en tanto promueve la anti-patria y, por reducción al absurdo, quien defiende los intereses contrarios a la patria, quien promueve intereses extranjeros en contra de la patria, es un enemigo de la patria.

El proyecto centralista porteño, que devino independentista el 9 de julio de 1816, promovía una concepción de patria liberal, clasista y anti popular. Concretamente monárquica e iluminista, vale decir que decidían sobre qué (era) o “quiénes” eran la patria, en función de los intereses de esas elites portuarias y aristocráticas. Entiéndase con claridad que un afro o un indio podía ser destripado en la guerra por la patria, pero jamás votar, o decidir su destino como un igual. La revolución del litoral, la “otra revolución”, que se definía como de iguales, -en frase de Artigas: diferentes pero iguales-, combatía por la patria-pueblo. Vale decir, la patria era la tierra que se pisaba y el compañero con quien se la pisaba y el interés común era esa identidad pueblo-tierra. Esa revolución que se consolidó con la independencia del 29 de junio de 1815 en el Congreso del Oriente, en Concepción del Uruguay, fue una asamblea donde los congresales eran afros, originarios, criollos, curas, terratenientes y mujeres, votando su destino de patria. Y eran patria tanto como eran pueblo en armas, hombres y mujeres, negros y blancos, indios y mestizos. El puerto de Buenos Aires, que solo defendía su aduana, entregó la Liga de los Pueblos Libres a los ejércitos ingleses y portugueses, cediendo al emperador Juan de Portugal el litoral hasta las costas del Paraná, con tal de sacarse la revolución de la gauchearía que conducía Artigas, lo que logró solo por vía de la traición. El federalismo hijo de ese sueño emancipador e igualitario se alojó en un federalismo manoseado y traicionado en los siguientes cuarenta años de luchas, hasta que fue ultimado en las armas en Pavón en 1861, traición de Urquiza de por medio; y en lo jurídico constitucional con el surgimiento del Estado nación liberal al gusto de Mitre.

Federalismo/pueblo/patria sacrificado en Paysandú, en la guerra de la triple infamia, en las purgas criminales de la gauchearía del interior a manos del civilizado Sarmiento. Y con Sarmiento, el exterminio de la gauchearía y de las heroicas montoneras, más de diez mil gauchos aniquilados por el progreso y la civilización porteña. Civilización que completó Roca con el exterminio de millones de originarios, para terminar repartiendo cuarenta y dos millones de hectáreas entre treinta familias “decentes”. Nace un país a la inglesa y para los ingleses. El latifundio agro-exportador de materia prima para el amo inglés y sus cipayos consecuentes. Y nace el relato de buenos y malos de la pluma mitrista, y con el relato, la identidad ofrecida a un pueblo al que se le había arrancado la identidad cuando fue despojado de la igualdad, de su cultura y de su tierra. La historia de lo que devino como Estado argentino es la historia de nuestra América. El destino de los que soñaron una América unida, emancipada e igual fueron traicionados por el oportuno cipayismo. Bolívar fue traicionado por Santander, San Martin por los porteños, y Artigas corrió la misma suerte que San Martin a manos de Buenos Aires.

Fue la suerte de Yrigoyen, y sin dudas de Perón y el peronismo. Dicho sin ambigüedades, todo proyecto que defendía el interés nacional, la igualdad y la justicia social, caminó en nuestra historia por los oscuros pasillos del imperio ingles primero y yanqui a posteriori. En Argentina, más de treinta mil compañeros murieron-desaparecieron defendiendo el interés nacional, la igualdad y la justicia social. En América el numero supera el medio millón; verbigracia, el cipayismo cívico militar se encargó de eso.

La cuestión sumaria es que el cipayismo construye laberintos comunicacionales disfrazados de patria, para sustanciar los intereses de las elites locales y sus acuerdos imperiales, en contra de los intereses del pueblo patria.

Hoy que las guerras imperiales se han solapado en los laboratorios, asistimos a las mismas experiencias; experiencias que vienen enancadas en las entregas previas del patrimonio del pueblo al Fondo Monetario, de los recursos y de la enajenación que produce el “libre comercio”. Libre comercio que engorda al imperio y fabrica pobres y desclasados. Podemos y debemos hablar de enemigos.

A 206 años de la declaración de la Independencia de la Liga de los Pueblos Libres, debemos preguntar: ¿La independencia del 9 de Julio, de qué nos independizó?

Artigas planteó, en el Congreso del Oriente, que la independencia era de todo despotismo, incluso del despotismo local. Es decir, de todo aquello que vulnerara la igualdad y la soberanía de decidir quiénes queremos ser. Y frente a la independencia de Tucumán, manifestó que no tenía sentido cambiar de amo si se conservaba el collar.

La revolución artiguista no fue vencida en su heroísmo y en sus convicciones, fue traicionada. La revolución de Dorrego y de Güemes fue traicionada. La revolución federal del interior encabezada por Peñaloza, Varela y López Jordán entre otros, fue traicionada. Yrigoyen fue traicionado a manos de su partido y el roquismo vigente. El imperio inglés y yanqui promovieron la liberticida -previo bombardeos-; los hombres de armas se llevaron puesto al general del pueblo. La asociación yanqui con las fuerzas armadas proscribió al pueblo, proscribiendo a Perón y traicionando la constitución; consecuentemente el terrorismo de estado, el Plan Cóndor, y el democrático Consenso de Washington, interrumpieron nuestro destino, no lo ultimaron. A nuestro pueblo y a nuestra historia le sobra valor y heroísmo. El problema es que también le sobran traidores. Y para reconocerlos, hay que reconocer con claridad a los enemigos.

La historia no es un relato que se nos ofrece en la escuela, tal vez eso es lo que muchos desean. La historia es la memoria vivida en el presente como posibilidad de desenmascaramiento de las intenciones que promueven una identidad fallida, en función de otros intereses que no son de la patria pueblo. El 29 de junio no es una efeméride. Es un grito profundo de las entrañas, de un sueño regado con sangre y heroísmo. De un sueño que nos exige compromiso y definiciones que van más allá del juego republicano liberal de patria para algunos. Decidir dónde estamos y quiénes queremos ser, nos obliga a saber y reconocer a los enemigos. Y a la patria se la defiende sustancialmente de sus enemigos.

Y a la patria se la vive en las convicciones. El traicionado Artigas, enponchado en su sueño de patria, cruza el Paraná al exilio, y su epitafio político, el epitafio de un patriota dice: me traicionaron, porque no quise entregar el rico patrimonio de mis paisanos al vil precio de la necesidad.

¡Feliz día de la patria!