Siempre que se mira una película sobre la guerra de Vietnam, es casi cliché que en el algún momento del largometraje, y generalmente en una escena donde sobrevuelan helicópteros de los Marines estadounidenses, suena el riff de Fortune Son, canción popular de la banda Creedence Clearwater Revival.

Y por más setentoso y groovie que suene el sonido de la guitarra, en realidad lo que la lírica denuncia es que aquellos que desembarcaron en las costas del sudeste asiático, no eran “fortune sons”, es decir, no eran “hijos de la fortuna”.

Lo que la canción denuncia es la desproporcionalidad de conscriptos de clase pobre o trabajadora que alimentaban las filas norteamericanas, que día a día perecían por las inclemencias de la guerra, a las cuales no se limitan las balas, sino la hambruna, el miedo, el desconcierto, la inseguridad, el terror de asomar un milímetro la cabeza por el lugar equivocado, por la selva tropical, por las alimañas y las pestes. Por la violencia, básicamente. A modo de ejemplo, en aquellos años, la población afroamericana en los Estados Unidos apenas superaba el 10% del total, pero en las filas de los cuerpos de batalla, el porcentaje era mayor al 30%.

En Malvinas, igual. Gurises cuyo promedio de edad era de 20 años, la mayoría oriundos de las provincias más pobres del país, alimentaba la carne de cañón que eran los enviados a batallar al sur del mundo, sin comida, sin armas ni munición apropiadas para el combate, sin abrigo, sin contención más que aquella recibida por el compañero.

Durante la pandemia de coronavirus, fue exactamente igual. Y en los tres momentos históricos mencionados, el pueblo, la masa, la gente común o de a pie, estuvo al margen.

Es con todos

“Ninguna guerra, ni política, ni económica, ni cultural, menos aún militar, se puede ganar sin el pueblo siendo parte activa de la misma”, reza un libro de Võ Nguyên Giáp, uno de los principales generales vietnamitas durante la guerra.

Sin una participación consciente, activa, pero también guidada y adiestrada en las tácticas de combate (en este caso, tácticas como el lavado continuo de manos, el sostenimiento de una distancia entre los cuerpos determinada, el quedarse en casa para evitar contagios y/o muertes) de la población, las problemáticas sociales jamás se resolverán. Porque la salud y dignidad del pueblo, en definitiva, descansará siempre en sus manos.

Pero durante estos últimos 400 días, el pueblo fue víctima de operaciones de contrainteligencia, de desinformación, de Fake News que profundizaron todas las inclemencias que produce una guerra. Pero lo peor de todo, es que estas operaciones que atentaron y atentan contra el bienestar intelectual y por ende espiritual de las personas, no fueron engendradas por maquiavélicas agencias de inteligencia, o de terroríficos grupos paramilitares de países lejanos, sino que nacieron en el seno mismo de nuestra sociedad, entre nosotros mismos.

Si en un estado de guerra contra el coronavirus, concepción que tuvo una altísima resistencia por parte de muchas personas a las cuales se tuvo que persuadir de que esto no es ninguna joda, compatriotas se dedican a proliferar discursos anticientificistas, a mezclar odios históricos y partidarios con la emergencia sanitaria contemporánea, a denigrar a los trabajadores de salud, a docentes, a militantes de la vida humana, eso, en la guerra, se llama “traición a la Patria”.

Se sabe de quién se está hablando, no es necesario explicitar nombres. Se sabe que son representantes de los sectores económicamente poderosos del país cuyos intereses trascienden las fronteras de la nación, y los cuales no son otros más que seguir acumulando riquezas a costa de la vida de las y los argentinos (pues pocos emprendimientos son más redituables que una guerra). Sectores que el Papa Francisco denuncia en todos sus discursos y su encíclica misma como “voraces”.

Pero se sabe, pues la historia bien en claro lo ha dejado, es que mientras ellos siempre tendrán los dólares y las armas, el pueblo tiene lo único que es realmente necesario para ganar una guerra: la unión.

En los barrios

“El pueblo se moviliza y lucha cuando tiene una causa justa por la cual avanzar en conjunto. Si un sector de la dirigencia y los medios tiende a cuestionar la empresa de vencer al enemigo pandémico, eso es debilitar la lucha, entregar el país a la muerte, que necesariamente afecta a los sectores más desprotegidos de la población”, señala el Jorge Rachid, médico y cuadro político por excelencia.

Siempre serán los más postergados quienes sufrirán las vejaciones de las guerras. Serán quienes pierdan sus hogares, sus trabajos, sus goces y quienes tengan mayor dificultad de transitar la enfermedad. Es muchísimo más fácil enfermarse de coronavirus teniendo obra social, capacidad de pagar las comodidades de un sanatorio privado (que rápidamente desaparecieron producto de los masivos contagios), de quien posee ahorros y puede evitar ir al trabajo.

Esto se viene hablando desde el comienzo de la cuarentena, nada es novedad. La novedad es la campaña de vacunación con la Sputnik V, primera patente de su naturaleza y elaborada en laboratorios de Rusia. Y así como una guerra es una nomenclatura para un colectivo de enfrentamientos, los planes de inmunización es uno más de ellos contra el virus. Y los campos de batalla ya no serán los hospitales y los hogares, sino la conciencia del pueblo. Y aquí no hay tiempos ni espacios mínimos a ceder.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la vacunación contra la COVID-19 como una herramienta de prevención primaria fundamental para limitar los efectos sanitarios y económicos devenidos de la pandemia. Es el arma secreta, el As bajo la manga ya disponible para contrarrestar un poco el curso de esta guerra en la cual el virus viene dando paliza tras paliza.

En Argentina, el primer contagio se confirmó el 3 de marzo de 2020. En un poco más de un año, el total de casos aumentó a más de un millón, con un terrible resultado de 37.122 fallecidos. Por su parte, los trabajadores de la salud, población estratégica para sostener adecuadamente el funcionamiento y la respuesta del sistema sanitario, representó una proporción significativa de las infecciones: hacia el 19 de noviembre de 2020, se registraron 58.721 casos acumulados en este grupo, representando un porcentaje del 4,4% sobre el total del país.

Por eso la vacuna es la mayor arma disponible. Porque las y los soldados de la salud no dan abasto, porque perecen día a día mientras sectores bastante numerosos de la población relaja las tácticas de combate ya listadas párrafos atrás. Mientas unos mueren, otros salen a reuniones y fiestas clandestinas, a tal punto de ocultar y mentir la participación en algunas de ellas si llegase a suceder algún contagio, pues la vergüenza y la culpa de propagar un virus mortal es aparentemente superior a la palabra, pero débil frente a la acción.

La vacuna es la última esperanza. Por suerte, y con todos los defectos que se pueden señalar, es un gobierno peronista el que comanda las acciones sanitarias contra el covid. Y por eso es emocionante enterarse de que en una sala de cuidados primarios, perdida en algún rincón postergado del octavo país más grande del mundo como lo es Argentina, una enfermera es vacunada gratuitamente con una dosis de una vacuna de última generación producida en una potencia mundial como lo es Rusia. Porque, sin repetir y sin soplar, ¿qué otro movimiento político sería capaz de semejante tarea? No obstante, este es primer paso. El resto de la marcha, depende de la ciudadanía.

Sin pueblo no hay victoria

Los movimientos sociales del gran Buenos Aires, cuyo accionar fue fundamental durante los cuatro años de miseria planificada macrista, salieron a las calles a informar y concientizar sobre la importancia de vacunarse contra el coronavirus. Esto es otra cosa que se reafirma año tras año, crisis tras crisis, neoliberalismo tras neoliberalismo: las batallas se ganan en la calle, no en los medios.

Gildo Onorato, presidente de la Federación de Cooperativas de Trabajo Evita y dirigente de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), dialogó a principio de mes con Página 12 sobre algunas cuestiones de las tácitas a emplear en la guerra contra el coronavirus desde los sectores más desprotegidos de la sociedad.

“Es importante que la red comunitaria, el tejido social, los movimientos populares, los clubes, las escuelas y los centros barriales, articulemos en una estrategia de intervención. Porque no se trata de repartir un volante para una campaña publicitaria o electoral, sino de concientizar a las familias de que hay que vacunarse, dado que ese es el único remedio que tenemos para enfrentar esta pandemia global”.

“Pudimos comprobar que en los barrios hay mucho miedo a contagiarse o contagiar a un ser querido, y mucho desconocimiento acerca de la vacuna: hay dudas acerca de si es buena o mala”. Estos son temas que “principalmente se difunden a través de las redes sociales y los grandes medios de comunicación. Se confunde mucho a las personas y se polemiza sobre cosas superficiales”, continúa describiendo Onotaro.

Sobre los trabajos realizados por los movimientos sociales, el dirigente de UTEP explicó que “en principio, y ante el aumento de casos producto de la relajación que se dio en los últimos meses, buscamos profundizar la prevención y concienciación. En segundo lugar, incentivar la inscripción a la vacunación y enfrentar la desinformación que se generó alrededor de la vacuna rusa, de estigmatización y desprestigio".

Por su parte, Dina Sánchez, referenta del Frente Popular Darío Santillán, quien también dialogó con Página/12, señaló que "los movimientos populares estamos llevando adelante postas sanitarias en los barrios para informar sobre el proceso de vacunación y para llevar adelante la preinscripción para aplicarse la vacuna contra el coronavirus. En nuestros barrios inscribirse es una tarea complicada, primero porque hay muchas personas adultas que no saben entrar a una página y anotarse, y segundo porque no todos tienen acceso a la tecnología o a una conexión a internet para hacerlo”. Idénticas tareas realizaron los más de 150mil promotores de las organizaciones populares durante la inscripción al IFE y con otro tipo de trámites, mencionó también Sánchez.

“Estamos obligados por nuestro pueblo a potenciar la protección del Estado con nuestras organizaciones comunitarias. En los comedores, en las capillas y templos vengo escuchando de nuestras compañeras, algunas de ellas abuelas, aunque también madres y pibas, que el cuidado y la vacunación es la prioridad frente a la pandemia. Desde esa escucha queremos convocar a todos, inclusive aquellos con quienes no compartimos un camino, a que impulsemos una causa nacional con dos ejes: vacunación y cuidado”.

El proyecto nacional

Hoy en día se están desarrollando 260 vacunas contra el coronavirus en el mundo. En lo que respecta a Argentina, El Ministerio de Salud de la Nación diseñó el Plan Estratégico para la vacunación contra la COVID-19, el cual tiene en cuenta la  información y recomendaciones de organismos internacionales disponibles hasta el momento. El objetivo central: cubrir a toda la población objetivo de manera gratuita, equitativa e igualitaria.

Este proyecto se irá actualizando a medida que avance el conocimiento de los resultados de los ensayos clínicos que se están llevando a cabo con las vacunas ya aplicadas, y de las vacunas presentadas a la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica), así como también todos los avances en la información sobre la inmunidad adquirida por haber padecido la enfermedad o por producto de la vacunación.

Sin embargo, debido a la disponibilidad gradual de vacunas, es necesario establecer el orden de prioridad de los grupos de población a vacunar en cada una de las etapas establecidas, priorizando a los cuerpos de salud, luego a quienes integren el Personal Estratégico (Fuerzas de Seguridad y Armadas, docentes y no docentes de todos los niveles educativos, funcionarios del Estado y del servicio penitenciario). Después serán inmunizadas las personas mayores de 60 y por último personas de 18 a 59 años con factores de riesgo.

El Plan estima un aproximado de casi 55 millones de vacunas a utilizar, considerando que el esquema consta de dos dosis, con lo cual se inmunizarían entre 23 y 24millones de personas.

Sin embargo, nada de esto será posible sin una articulación elaborada con organismos sociales y asociaciones civiles en la generación y capacitación de recursos humanos calificados mediante la aplicación de campañas específicamente diseñadas para esto. Además, como ya se mencionó previamente, la elaboración y distribución de material educativos, comunicado de forma masiva a nivel nacional, provincial, departamental y municipal es menester.

El completo entendimiento de las repercusiones, tanto positivas como negativas, que implica el Plan Estratégico es fundamental para enfrentar exitosamente los desafíos que plantea la vacunación durante la pandemia.

Pues, en definitiva, si bien el arma más poderosa contra el virus es la vacuna, para direccionarla se necesitan ciudadanos y ciudadanas informadas, atentas, que tengan en claro lo único transcendental durante tiempos de guerra: que lo importante es el otro.