Por Atilio A. Borón

Mucho ya se ha dicho sobre Horacio González tras su muerte. Podría decirse mucho más porque era un intelectual de un calibre formidable, multifacético, creativo, desbordante de ideas y sugerencias, una fuente inagotable de reflexiones, interrogantes e inclusive respuestas que siempre desafiaban al consenso dominante, que impugnaban a la opinión establecida. Soy consciente que incurro en una extravagancia en un escrito de este tipo cuando confieso que no fui amigo de Horacio; no tuve la fortuna de serlo, como tantos otros. Nunca visitó mi casa, ni yo conocí la suya; ni fuimos juntos al teatro o a ver algún espectáculo. Desconozco si tiene hijos o nietos, y él tampoco sabía si yo los tenía. A pesar de ello siempre hubo entre nosotros, desde comienzos de los años noventa, un torrente espontáneo de empatía que hacía que celebráramos cada encuentro --invariablemente de carácter cultural, académico o político-- con mutua satisfacción. La primera vez lo sellamos con un apretón de manos. Después fueron abrazos. Empatía, decía más arriba, porque ese “ponerse en la situación del otro” caracterizaba de modo muy preciso nuestra relación. 

Horacio conocía muy bien mis críticas a la tradición nacional-popular de la cual él era su más sofisticada y sublime expresión; yo, por mi parte, sabía de sus objeciones a ciertas variantes del marxismo latinoamericano que menospreciaban la potencialidad plebeya del nacionalismo popular. Pese a que en algunas ocasiones nuestros desacuerdos eran de fondo jamás minaron los pilares sobre los cuales reposó durante tres décadas nuestro diálogo. Porque la inmensa, apabullante erudición de Horacio sólo era comparable con su infinita modestia, su “don de gentes”, su férrea creencia en las virtudes de la conversación concebida como una mayéutica socrática que, si la cultivábamos, nos revelaría las anfractuosidades de la verdad histórica a través de recorridos diferentes pero convergentes. En más de una oportunidad coincidimos en numerosos análisis de la coyuntura nacional, pese a que partíamos desde premisas opuestas. Me atrevería a decir que con ningún otro pensador, de la Argentina o de Latinoamérica, me ocurrió algo semejante, nunca. En eso también Horacio era único, diría que irrepetible.

Con su partida nuestra América pierde a uno de sus mejores hijos. A un pensador de una originalidad y versatilidad extraordinarias; un sereno y paciente sembrador de ideas invariablemente comprometido con la creación de una sociedad fundada en los principios de la igualdad, la justicia social, la democracia, la libertad, la autodeterminación nacional. Un hombre siempre dispuesto a la lucha, un guerrero indomable en la desigual batalla de ideas que deberemos seguir librando, ya sin su invalorable auxilio pero con las luces que brotan de sus escritos y que iluminan muy lejos. 

Un breve recuerdo lo pinta de cuerpo entero. Cuando en los meses previos a la pandemia con Mónika Arredondo le solicitamos un artículo para una compilación que estábamos preparando sobre la política del odio y del temor en la Argentina, nos respondió con su inalterable afabilidad que haría lo posible por satisfacer nuestro pedido. Pero nos advirtió que estaba abrumado por toda suerte de compromisos y no podíamos dar por seguro que contaríamos con su contribución. Conociendo esta situación nos dimos a la tarea de organizar el volumen suponiendo que Horacio, por más buena voluntad que tuviera, no podría entregar su manuscrito a tiempo. Nuestra alegría fue indescriptible cuando al cabo de unos meses nos envió un artículo deslumbrante, y con un título que reflejaba la modestia que lo caracterizaba: Genealogía provisoria del odio. No sólo cumplió sino lo hizo con creces, con una pieza que me atrevería a calificar como memorable y manantial inagotable para futuras indagaciones sobre un tema tan crucial como ese –el odio y el temor- en la Argentina actual.

Gracias por todo Horacio, por algo que, al fin y al cabo, fue tanto o más que una amistad: una camaradería, una tácita sociedad entre dos caminantes que venían avanzando por senderos distintos pero confluentes, que veían los mismos peligros y obstáculos, pero empeñados con todas sus fuerzas en la construcción de una nueva sociedad. ¡Gracias, otra vez, por tu quijotesca compañía, Horacio, y “Hasta la Victoria Siempre!”