Por Malva Marani

Ángel Di María estaba sentado en la camilla, poniéndose hielo en la pierna y sabiendo que algo se iba a romper. Lo que ya no le importaba, a unas pocas horas de jugarse la primera final mundialista que la Selección alcanzaba después de Italia '90, era que lo que se rompiera fuera él. Su cuerpo, bah, que en su caso es además su herramienta de trabajo: después de asistir a Gonzalo Higuaín en el único gol que el equipo argentino le haría a Bélgica por los cuartos de final en Brasil, sintió el dolor en el muslo de su pierna derecha sin saber todavía que se acababa de desgarrar y que se perdería el partido más importante en el Maracaná. Fideo rompió sobre aquella camilla, delante del doctor Daniel Martínez, la carta que el Real Madrid le enviaba al cuerpo médico sugiriéndole que no jugara; nunca la leyó ni le pareció importante. Después lloró delante de Alejandro Sabella, cuando se sinceró y le reconoció -porque el equipo sí era lo importante para él- que no estaba al cien por ciento para jugar ante Alemania. Lo que no sabía Di María es que, con aquella derrota en Brasil, lo que se le iba a romper era el corazón. Y que, aunque pareciera un maleficio -porque la del corazón sería una herida que se resentiría una y otra vez-, al fin acabaría la pesadilla.

Las propias palabras de Di María, que aquel día finalmente quedaría en el banco (porque entraría Enzo Pérez) pero que igualmente se infiltró tres veces por si le tocaba jugar, casi que parecieron volverse en su contra, como un doloroso eco para el jugador nacido en Rosario Central. "Si me rompo -había dicho ese día, según le contó a The Players Tribune-, déjenme que me siga rompiendo. No me importa. Sólo quiero estar para jugar".

Porque al delgado y habilidoso futbolista que inmortalizó el festejo formando un corazón con sus manos lo esperaría una escena tristemente parecida otras dos veces más. El rosarino se lesionó también en las ediciones 2015 y 2016 de la Copa América y no pudo llegar bien a ninguna de esas dos finales con Argentina.

La eliminación en octavos de final a manos de la Francia que se consagraría en Rusia 2018 marcaría el fin de oportunidades para la mayoría de los futbolistas a quienes, desde 2007 hasta aquel momento, se les escurrió la gloria, por muy poco, en las recordadas cuatro finales. Di María creyó, con la convocatoria para la Copa América 2019, que Lionel Scaloni lo había elegido entre los que tendrían otra oportunidad. Pero la derrota que dejó al equipo afuera ante Brasil por la semifinal pareció marcar ese corte también para él, que no volvió a ser convocado cuando las Eliminatorias para Qatar reprogramaron su inicio el año pasado. Y fue allí cuando Di María, que había visto a su destino torcerse tantas veces, quiso asegurarse de torcer él ese presente que -creía con fervor- lo excluía injustificadamente.

Después de aflojar su llanto delante de Sabella, aquella vez en Río de Janeiro, al rosarino le había quedado una idea rumiando en la cabeza: que el entrenador hubiera pensado que sus lágrimas no eran de tristeza sino de nervios. Quizás por eso, hace un año, decidió encarar públicamente a Lionel Scaloni: fuera cual fuera la razón que tenía el DT para dejarlo sin Selección, él iba a hacerle saber que estaba equivocado.

"¿A los 32 años estoy viejo? -se animó a preguntarle, indirectamente, al entrenador- Muchos dicen que ya estoy grande, pero sigo corriendo de la misma manera. En cada partido demuestro que no es así, que puedo estar a la altura de Neymar y de Mbappé. Llevo un año en buen nivel y no he sido citado. Cada vez que hago un buen partido o salgo mejor jugador, sólo pienso en estar convocado. Es verdad que estuve 12 años en la Selección, pero siempre es mi sueño volver. Yo amo la celeste y blanca y deseo con toda mi alma volver a vestirla".

Antes de sus palabras, su fútbol había hecho el resto. Porque el extremo argentino concluyó esa temporada 2019/2020 con una actuación deslumbrante en el París Saint Germain que alcanzó su primera final de Champions League. Fideo fue el único argentino incluido en el equipo ideal del torneo más importante de Europa: jugó nueve partidos y participó en diez goles, incluidos un grito y dos asistencias en el 3-0 que los llevó hasta la definición.

Un mes y medio después, el 12 de noviembre del año pasado, Angelito encaró, sin saberlo, el carril que lo llevaría a su propio tiempo de reparación histórica, que empezó esa noche en la Bombonera, cuando ingresó a los 60 minutos con Paraguay, por las Eliminatorias, y volvió a vestir la camiseta de la Selección.

Este sábado, a sus 33 años, tuvo revancha el mismo que había roto aquella carta hace siete años, mientras se ponía hielo en su pierna derecha, rota también. Parte de esa reparación de su historia, en la soñada final en el Maracaná ante Brasil, fue haberse dado el lujo de ser quien logró romper el partido. Con un golazo, espejo idéntico del que había hecho frente a Nigeria para alcanzar el oro olímpico en Beijing. Sólo unos segundos después, la noche hizo ahogar la alegría de millones; cuando Angelito Di María pisó mal en el área y quedó tirado, quieto y solo, y reverberaron como un eco los dolorosos recuerdos. Pero esta vez, se levantó y siguió. Porque el hombre que inventó un corazón con sus manos para hacernos felices, si algo merecía era que terminara de una vez el hechizo que rompía su propio corazón.