El fin de semana pasado la ciudadanía paranaense se conmocionó ante el incendio de una precaria vivienda en una zona marginal de la ciudad. Una joven, sus tres hijas y un bebé debieron ser internados con graves consecuencias. Una de las niñas mejoró levemente su condición, mientras que los otros continúan en situación delicada y su madre fue trasladada a Buenos Aires para contar con una atención más específica y tener una oportunidad de seguir viviendo.

La mujer había denunciado amenazas y hostigamiento por parte de sus ex parejas, tanto en la justicia como en las redes sociales. En sus mensajes rogaba y pedía a gritos que se tomaran medidas para garantizar la seguridad de ella y sus hijes. “¿Quieren que sea otra Fátima?”, interpeló la joven mujer en uno de sus mensajes. Ese nombre, esa marca cargada de un significado enorme resuena nuevamente, como aquel día en que las organizaciones feministas rodearon el Palacio de Justicia por toda una noche, exigiendo respuestas.

Fueron estas mismas organizaciones las que volvieron a tribunales a pedir justicia por Verónica y sus hijes. El reclamo sigue siendo el mismo, que se escuche a las víctimas, que se actúe con rapidez, que la justicia haga su trabajo con perspectiva de género. El pronunciamiento de las y los manifestantes también le reclama al poder ejecutivo vivienda para las víctimas de violencia, perspectiva de género en la asistencia a niñas, niños y adolescentes y presupuesto real para las políticas de prevención y atención de las violencias.

La necesaria transformación del Poder Judicial, algo que ya he planteado en otra oportunidad, vuelve también a la agenda. Los reclamos sobre este tema se vienen multiplicando desde distintos lugares como organizaciones contra el abuso en las infancias y adolescencias, el colectivo LGBTIQ o desde la misma justicia. El avance en la aplicación de la Ley Micaela en la justicia entrerriana o el debate sobre un nuevo régimen de Protección, Asistencia y Prevención de la Violencia de Género en nuestra provincia, son al menos un primer aliciente a futuro, aunque sepamos que no alcanza. 

Solo por ser mujeres

Atravesar el dolor de saber que otra de nosotras debe validar su “derecho a vivir” nos recuerda a cada momento que el fin de nuestros días puede estar a la vuelta de la esquina, solo por ser mujeres. Creo que la pregunta válida es ¿por qué nuestra vida vale menos?. Me atrevo a decir que el valor que se le da a nuestras palabras es una primera punta para desmadejar este tema. ¿Cómo es posible sino que aunque pidamos auxilio, gritemos o lloremos, no somos escuchadas? ¿Cuánto valor o cuánto crédito se le da a nuestras palabras?

Hace muy poco, una estrella del pop como Britney Spears, declaró ante la justicia de su país para intentar recuperar su vida, ya que no puede tomar ninguna decisión sin la aprobación de su padre, debido a una tutela legal. En sus declaraciones, la cantante dijo que no había regresado a la Corte porque las veces que fue no se sintió escuchada y que la principal razón por la que no habló abiertamente es porque pensó que nadie le creería. Al parecer, uno de los factores que la animó a hablar fue el apoyo de sus fans.

Esta semana, la periodista Sandra Russo, quien fuera parte del programa 678 en la TV Pública y que adhirió abiertamente a los proyectos planteados por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, fue despedida de radio Del Plata. En ese marco manifestó que “la proscripción continúa. No podemos hablar. No hay lugares donde hablar”, ya que atribuyó su despido a las opiniones que vertía desde su programa y su trayectoria, pero fundamentalmente por tener a la ex presidenta Cristina Fernández como su referenta política. “Se me asocia a Cristina, y ella sigue siendo el hecho maldito”, subrayó.

En el primer trabajo que tuve como comunicadora, en el momento en que estaba en duda mi continuidad debido a los salarios que se me adeudaban, alguien me dijo que justo me tenía que ir cuando estaba escribiendo mejor. Mi insolencia me permitió responder que no me iba porque quería, sino porque no me pagaban por el trabajo realizado y que, en realidad, no estaba escribiendo mejor, sino que estaba escribiendo como les gustaba a quienes me marcaban la línea editorial.

En una charla que organizaron las compañeras de CTA Entre Ríos, la politóloga (UBA), magister en Sociología Económica (IDAES-UNSAM) y doctoranda en Ciencias Sociales (UBA),Tania Rodríguez, habló de su trabajo de investigación referido a género y sindicalismo. Entre los aspectos de lo cotidiano que aportan a la construcción patriarcal, la politóloga mencionó como ejemplo lo que sucede en las reuniones, cuando lo que dice una compañera trabajadora ni siquiera se tiene en cuenta y, sin embargo, si un trabajador dice lo mismo es una idea brillante.

Preguntas e interpelaciones

Todos esos ejemplos me parecen propicios para dar cuenta del valor que se le otorga a nuestra palabra, siempre se nos ningunea o se nos exigen mayores validaciones que a los varones. Nuestra condición de mujeres no debería ser un obstáculo para intervenir en la vida política, profesional, laboral o para ser escuchadas a la hora de exigir justicia, máxime si nuestras vidas y la de nuestros niñes depende de eso. 

Esta semana, una niña preadolescente fue intensamente buscada y se dió con su paradero gracias al testimonio de una amiga. Una amiga que se animó a hablar, a superar la barrera del silencio. ¿Cuantas niñas pueden hablar libremente sin miedo a ser censuradas? Muchas personas se sensibilizaron pensando que esa niña podría ser su hija, su hermana, su amiga ¿Por qué una mujer pobre, con hijos, víctima de violencia no despierta la misma empatía?

Una mujer, una vecina, fue la primera en acudir al pedido de auxilio de Verónica aquella noche. La vió salir en llamas y no dudó en entrar a la precaria vivienda incendiada para sacar de allí a cada uno de sus hijes. Su relato es desgarrador, pero ella habla. Ni su vecina ni sus hijes pueden hacerlo en este momento. ¿Cuánto más hace falta para que se nos escuche? ¿Cuántos exámenes deberemos rendir para que le den valor a nuestras palabras? ¿No será hora de dejar de atravesarnos con miradas perjuiciosas y dar crédito a nuestro miedo, a nuestro dolor, a nuestra vida? Justicia es que no vuelva a pasar, por eso, la deuda sigue siendo con nosotras.