Quienes trabajamos produciendo contenido sabemos que nombrar es una forma de hacer visible, de sujetar, de pasar a un plano público lo que antes era invisible. Algunos teóricos dicen incluso que lo que no se comunica, simplemente no existe.

Desde su irrupción en la esfera pública, el lenguaje inclusivo ha despertado enfervorizados debates y polémicas. Una persona me dijo que no toleraba que le hablaran con la E y cuando le pregunté el por qué, argumentó que "le hacía ruido". En ámbitos de trabajo escuché opiniones similares, agregando los argumentos de la Real Academia Española y otras bibliografías pertinentes. Alguien que comparte la perspectiva de este lenguaje, me manifestó que algunes lo hablan como si todo el mundo lo entendiera, pero que muchas veces es necesario explicarlo, para que quienes escuchan sepan de que se trata y no piensen que la utilización de la E es un mero trastabilleo de alguien que no domina bien nuestro idioma.

Lo cierto, es que el lenguaje es una construcción social, no se nace con él, se lo incorpora en la relación, en la vinculación con otres. Como construcción, es también factible de ser deconstruido o modificado según los contextos históricos y, esos cambios, se producen en el uso. Es allí donde germinan nuevos significados para las palabras, donde el surgimiento de cosas nuevas requiere, por tanto, palabras nuevas para nombrarlas. 

Los movimientos sociales lo saben, pensemos sino en las y los “piqueteros”, una palabra que nació en las rutas argentinas de los 90 y que luego se trasladó al interior de las ciudades para dar cuenta de quienes cortaban las calles en reclamo por sus derechos. Otro ejemplo es, por estos días, el significado del verbo “vacunar”, que antes tenía una connotación negativa y que actualmente está fuertemente ligada al cuidado de la vida. Los movimientos de mujeres supieron también convertir la violencia recibida en banderas de lucha con consignas en las que miles de mujeres se sintieron abrazadas, como Ni una menos, Yo si te creo hermana, Si tocan a una nos tocan a todas.

Es importante señalar además que el lenguaje inclusivo no es una mera discusión sobre el uso de la E, sino mucho más que eso, ya que busca incorporar prácticas no sexistas en nuestra vida cotidiana. Todo cambio cultural viene acompañado de la construcción de nuevas palabras, y por tanto, nuevos conceptos, por que sí, la teoría se construye en la acción y no desde escritorios y mullidos sillones. Por eso, si el lenguaje inclusivo “hacer ruido”, bienvenido sea, ya cumplió parte de su objetivo.

Lo que llegó para quedarse

Las universidades han sido las instituciones que primero se hicieron eco del uso de este lenguaje, desde problematizar su existencia en el debate hasta generar guías, manuales y otras herramientas para su incorporación a la vida académica y otros ámbitos del Estado. En Entre Ríos, la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader) aprobó el uso libre y opcional del mismo en todos los ámbitos de la institución, algo que anteriormente había sido promovido por algunas de sus facultades. 

A su vez, en mayo de 2021, la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), incorporó el uso de la Guía de recomendación para incorporar un lenguaje incluyente y no sexista elaborada y aprobada por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), con previa solicitud de la Red Interuniversitaria de Género (RUGE). Luciana Basso, autoridad de aplicación del Protocolo de la UNER Contra las Violencias Sexistas, explicó que esta herramienta “desafía a usar otros modos de nombrar, tiene que ver con visibilizar otras posibilidades”.

El Poder Judicial por su parte, incorporó en abril de 2019 una guía de lenguaje inclusivo, que no contempla el uso de símbolos como @, X, e; ni los pronombres femeninos y masculinos en simultáneo como la, el, las o los. Propone mas bien la utilización de palabras sin marcas de género, por ejemplo sustituir el artículo “uno” por “alguien” o “cualquiera” o usar “persona o mujer victimizada” en lugar de maltratada y persona trans o transgénero o transexual en vez del término “travesti”.

En la cámara baja, la diputada Mariana Farfán presentó un proyecto en este sentido en mayo de 2020, el cual tiene por objetivo incorporar este lenguaje en los tres poderes del Estado provincial de forma obligatoria. El documento entiende que el lenguaje inclusivo es “aquel que no oculte, subordine, ni jerarquice, ni excluya a ninguno de los géneros y sea responsable al considerar, respetar y hacer visible a todas las personas, reconociendo la diversidad sexual y de géneros”. Farfán agrega como argumento de la iniciativa que “el lenguaje genera cultura, valores, un ideario colectivo. Siempre nos hemos manejado con lo masculino como representación universal y esto tiene que ver con invisibilizar a las mujeres. Esto es un paso más para crear una conciencia, para incluirnos”.

En agosto de este año, la vicegobernadora Laura Stratta presentó la Guía para el uso de un lenguaje igualitario y no sexista, desarrollada desde el Observatorio de Géneros y Derechos Humanos del Senado entrerriano. La herramienta busca contribuir a la eliminación de estereotipos y diversas formas de discriminación que son fundantes de la desigualdad, a sabiendas de que “revisar el lenguaje es, en definitiva, revisar la manera en que habitamos y concebimos el mundo”. 

Así mismo, nuestra provincia tuvo un Salón de los Vicegobernadores hasta tener una vicegobernadora, con lo cual ahora es el Salón de la Vicegobernación. Seguramente, lo mismo sucederá en algún momento con el Salón de los Gobernadores. Recuérdese en este sentido, el polémico debate que se dio cuando Cristina Fernández era mencionada como presidentA, ya que muchos aducían que en la constitución no se menciona ese título, sino solo el de presidentE. Similares debates se daban a niveles locales respecto de cómo nombrar a intendentas, concejalas, diputadas, senadoras; todos cargos elegidos por el voto de la ciudadanía.

La provocación del lenguaje

Claro está que otros cambios serán necesarios, pero cada aporte que pueda hacerse es vital para la construcción de una sociedad mejor en un mundo cambiante, en movimiento. El lenguaje irá cambiando también para dar cuenta de esas transformaciones, en tanto que está vivo, como lo estamos quienes lo utilizamos. A muchos y muchas les hará ruido una palabra nueva, como les hace ruido escuchar personas que tienen dos mamás o dos papás, o varones que pueden gestar y parir, o seres humanos que no quieren optar por el género femenino o masculino. 

Algunas generaciones fuimos educadas en un mundo binario, con la supremacía del “todos”, el “hombre”, el “niño”, que tenía que incluirnos a todas y todes también. Y es a través del lenguaje, de la palabra, de esa importante herramienta política que tenemos los seres humanos, que podemos poner sobre la mesa, en la esfera pública, algo que antes era invisible. Reitero, nombrar es el primer reconocimiento de que algo existe y por eso es tan importante el uso del lenguaje. Las A fueron las primeras en pedir ser incluidas, cuando hicieron notar que en el todos no se sentían contenidas, y ahora son las E las que irrumpen para decir “aquí estamos”, queremos que nos nombren. 

Estos cambios en el lenguaje responden a una interpelación de las mujeres primero y las personas no binarias luego, para ser nombradas y reconocidas plenamente en sus derechos. Esta letra que hace ruido, busca desnaturalizar la prioridad otorgada a los varones y la visión heterosexual binaria en el lenguaje. ¿O alguien negará que la estructura de las familias que conocíamos ya fue completamente modificada? ¿Cuántas otras formas de vincularse, de amar, de expresar los sentimientos hemos conocido en los últimos años?  Lo que es necesario comprender, es que por culpa de la E estamos debatiendo todo esto y que detrás de esa simple vocal hay personas esperando ser miradas, reconocidas, nombradas; en definitiva, ser incluidas.