Aquel junio de 2015 el Ni Una Menos cambió para siempre nuestras vidas. Antes de ese día, muchas de nosotras no veíamos en otra mujer una compañera, sino una competencia, porque en esa lógica fuimos educadas. La posibilidad de hablar, de contar, de relatarnos, en esos espacios de encuentro que comenzaron a ser las marchas, las intervenciones, las reuniones; nos dieron ojos nuevos, para vernos como pares, o mas que eso, como hermanas.

Ese primer 3 de junio, cuando el femicidio de la joven santafecina Chiara Páez, de 14 años, rebasó el vaso, las mujeres marchamos en 80 ciudades del país, sin saber que asistíamos como protagonistas a un hecho que levantaría una gran ola en todo el mundo. En Paraná, aquel día hubo varias convocatorias, pero dos concentraron la mayor cantidad de asistentes. Una propiciada por el Consejo Municipal de la Mujer, presidido por la primera -y hasta ahora única- intendenta de la ciudad capital, Blanca Osuna. La otra, organizada por diferentes organizaciones sociales y familiares de víctimas de femicidios, invitaba a congregarse frente al mural Memoria Colectiva, en memoria de las víctimas de femicidio en nuestra provincia.

Por aquel entonces, según un informe de la Red Alerta, entre 2011 y 2014, Entre Ríos había contabilizado 40 femicidios y, según la ONG La Casa del Encuentro, en el país se cometían 20 femicidios por mes, uno cada 32 horas. Además de los miles de historias de vida y las incipientes estadísticas, que a partir de ese día comenzaron a ser más visibles para la sociedad; el #NiUnaMenos marcó un antes y un después, un despertar a decir #NuncaMás una mujer asesinada por ser mujer.

Desde ese día, las marchas no solo no disminuyeron, sino que fueron cada vez más frecuentes y numerosas, porque comenzó a tomar cuerpo esa idea de que si tocan a una, nos tocan a todas. Las protagonistas de aquellas primeras divisiones respecto a las convocatorias, motivadas mayormente por diferencias político partidarias, fueron confluyendo en espacios comunes, dando origen a acuerdos que permitieron una mayor fortaleza a las marchas y consignas. Y ya no fue solo el 3 de junio, fue el 25 de noviembre, el 8 de marzo, los encuentros nacionales de mujeres o el día que nos enterábamos por las noticias que otra mujer había sido encontrada muerta. La marcha no cesó.

También comenzaron a darse debates, diálogos y acciones en todo ámbito donde se desarrollaba la vida social de las personas. Recuerdo que en 2016 se nos invitó a vestir de negro, en señal de luto por todas las muertas que conocíamos y las que no y que apenas podíamos contabilizar, pero que nos dolían en el vientre como si fuéramos nosotras. Ese día, me encontré conversando sobre las injusticias vividas por ser mujer con una compañera de trabajo con la que nunca conversábamos nada fuera de lo laboral, y que el vestir de negro nos facilitó el camino. Caminar por la calle y ver otra vestida de negro, o con un pañuelo negro era, para muchas por primera vez, entender que no estábamos solas.

La gran ola fue permeando todos los ámbitos de la vida, para inmiscuirse en los hogares, en la calle, en la escuela, en el trabajo, en las instituciones; porque ya nadie pudo hacerse el distraído. Desde aquella jornada épica hasta hoy algo hemos avanzado, no lo suficiente, ya que según el observatorio “Adriana Marisel Zembrano”, en seis años se contabilizaron 1733 femicidios vinculados de mujeres y niñas y travesticidos, otros 163 femicidios vinculados de varones adultos y niños; y 2015 niñas y niños que quedaron sin madre, 60% de ellos menores de edad.

Atravesando el dolor desgarrador de entender la injusticia en el propio cuerpo y cargando en nuestros hombros los dolores de otras; las mujeres en las más diversas formas de ser mujer; encontramos nuestra voz para relatarnos, activar la protesta y proponer acciones concretas. En Entre Ríos, las marchas e intervenciones en espacios públicos se diseminaron por todo el territorio provincial, aún en las ciudades más conservadoras, logrando su mayor punto de auge con la campaña para lograr la Interrupción Voluntaria del Embarazo.

A nivel nacional, fuimos las primeras en convocar una paro para repudiar las políticas neoliberales de Mauricio Macri, que profundizaron la feminización de la pobreza, arrastrando a muchas mujeres a sostener con sus cuerpos el cuidado de adultos y adultas mayores, niños y niñas, además de transitar varios trabajos para ganarse el salario. También fueron legisladoras mujeres las primeras en alzar la voz para denunciar la persecución política que el gobierno de Gerardo Morales ejerce con Milagro Sala y toda su organización y que continúa hasta el día de hoy. En Paraná, también las mujeres señalamos al entonces intendente Sergio Varisco como el responsable de desfinanciar todas las políticas vinculadas a género que había llevado adelante su antecesora y la violencia que ejercían sus funcionarios hacia las trabajadoras y funcionarias municipales. 

El cúmulo político de nuestras acciones nos han llevado a lograr la sanción de leyes, siendo el hito más importante la de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, y contar en la actualidad por primera vez con un Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad a nivel nacional. En nuestra provincia, no es casual que a un año de contar con la primera vicegobernadora de nuestra historia y un grupo importante de legisladoras provinciales, hayamos logrado la Ley de Paridad, un reclamo histórico desde la sanción de la constitución provincial de 2008. También se recuperó dentro del Estado provincial el estatus de Secretaría para abordar las políticas de Mujeres, Género y Diversidad.

Nosotras sabemos que todo lo hemos logrado con organización y movilización en las calles, con acuerdos y política, sí, con política, un ámbito donde las mujeres teníamos poco espacio. Siguen faltando, medidas para la protección de mujeres en situación de violencia, implementación real y presupuesto para la Educación Sexual Integral en las escuelas, para la Interrupción Voluntaria del Embarazo en los hospitales, igualdad de condiciones para el acceso a una vida digna (salud, trabajo, educación) de nuestras compañeras travestis y trans, políticas para erradicación de las violencias contra las mujeres. Sigue faltando y seguiremos poniendo el cuerpo hasta que todo sea como queramos, un mundo libre de violencias y pleno de oportunidades para todos y todas. 

El 8 de marzo del 2020 nos encontró rodeando el tribunal de justicia entrerriano, exigiendo explicaciones por Fátima Acevedo, una mujer a la que cada organismo del Estado al que recurrió le cerró la puerta o dilató sus decisiones; hasta que la encontraron muerta. La pandemia nos obligó luego a no promover el agrupamiento de personas, pero también puso a muchas de nosotras en situaciones aún más riesgosas, al quedar encerradas en una casa o compartir más tiempo con nuestro agresor. 

Este 3 de junio de 2021 decidimos no marchar, porque también entendemos que la solidaridad con nuestras y nuestros prójimos es lo que exigen estos tiempos, pero no dejamos de activar nuestras redes cada vez que alguna lo necesita. Los discursos de odio que algunos sectores promueven hoy, nosotras ya los conocemos, los venimos escuchando cada vez que marchamos o alzamos la voz. Aún así, nuestro tejido sigue vivo, porque en estos seis años aprendimos que la vida no espera, que el tiempo de hacer algo es ahora, y que ya no estamos solas. Si tocan a una, nos tocan a todas. Ni una menos, vivas y libres nos queremos.